Las tortugas son uno de los grupos
más primitivos de vertebrados en existencia. Se estima que en la actualidad
existen 245 especies de tortugas, distribuidas en 87 géneros y 12 familias. Su
distribución es amplia, se las puede encontrar en ambientes de agua dulce
(lagos, ríos y pantanos), terrestres y marinos, y habitan en gran parte de
todos los continentes.
Las
tortugas marinas, por su parte, evolucionaron secundariamente
a partir de tortugas de agua dulce, aunque su morfología se encuentra altamente
modificada y especializada como adaptación a la vida en el mar (CIT 2004). Este
grupo de reptiles se encuentran en todas las cuencas oceánicas, desde
aguas tropicales a heladas, y con representación de algunas de las especies
desde el Ártico hasta Tasmania (Meyland & Meyland 2000).
Sólo
7 especies pertenecientes al suborden Cyrptodira representan actualmente a este
grupo, las cuales tienen formas, colores y comportamientos diferentes. Estas
especies se agrupan en dos familias: Cheloniidae y Dermochelyidae. Dentro de la
familia Cheloniidae, se encuentran Eretmochelys imbricata (tortuga carey), Chelonia mydas (tortuga
verde), Lepidochelys kempii (tortuga lora), Lepidochelys
olivacea (tortuga olivácea) y
Caretta caretta (tortuga cabezona o boba). Por otro lado, la familia
Dermochelyidae está compuesta solo por Dermochelys coriacea, la tortuga
laúd. Esta última posee características que difieren de los miembros
pertenecientes a Cheloniidae, como Las 7 quillas longitudinales
sobresalientes en el dorso y la ausencia de escudos óseos
Caretta caretta, vulgarmente
conocida como la “tortuga boba” o “cabezona”, es un miembro perteneciente al
suborden Cryptodira. Alcanza longitudes de entre 90 a
110 cm y llega a pesar hasta 180 Kg. Se
distingue por su cabeza y mandíbulas de gran tamaño. Su alimentación se basa en
invertebrados marinos (cangrejos y mejillones, entre otros). Generalmente
habita áreas costeras de mares de aguas cálidas y templadas. Esta es la única
especie que anida exitosamente fuera de los trópicos, lo que podría explicar su
amplia distribución en casi todos los mares (CIT 2004). En Argentina, las aguas marinas
representan un importante área de alimentación para estas tortugas y otras dos
especies de amplia distribución: la tortuga laúd (Dermochelys coriacea), y la tortuga verde (Chelonia mydas).
A su vez, estos grandes
vertebrados marinos de conductas pelágicas suelen servir de hábitat para el
crecimiento de parásitos, epibiontes y otros organismos (Báez et al. 2002). En la Epibiosis marina, se denomina epibionte a
cualquiera de los organismos que crece y vive adherido a otro ser vivo, y
basibionte al ser vivo que hace de sustrato en esta asociación. Este
es el caso de la tortuga boba (basibionte), que junto a Chelonia mydas y Lepidochelys
olivacea, es la más propensa a ser colonizada por organismos vegetales y
animales (Miranda & Moreno 2002, y Alonso 2007).
Los
juveniles grandes y los adultos de C.
caretta suelen tener el caparazón dorsal cubierto con diferentes tipos de
organismos vivos como algas, gusanos tubícolas, balanos u otros crustáceos
sésiles que convierten a estas tortugas en pequeños arrecifes móviles que
actúan como agentes dispersantes de multitud de especies marinas (Marco et al.
2009). Las características morfológicas de estas tortugas marinas las
convierten en auténticas bases flotantes para determinadas especies marinas que
buscan zonas de asentamiento para desarrollar parte o todo su ciclo de vida,
generando un auténtico ecosistema marino. En este sentido, la estructura externa de estas tortugas, caracterizada
por la coraza ósea que constituye el caparazón, así como su forma de vida casi
completamente acuática, permiten que determinadas especies de la fauna y flora
marina puedan asentarse sobre ellas colonizando sus caparazones y su piel, adaptándose
a vivir sobre otro ser vivo (Loza 2011).
Las tortugas marinas constituyen un sustrato de fijación para una gran
variedad de organismos epibiontes donde la naturaleza de la asociación implica
parásitos, comensales obligados, oportunistas o bien organismos mutualistas. En
general los factores como la depredación, el estrés físico, los disturbios, la
dinámica de reclutamiento y la competencia pueden alterar la disposición y
composición de especies que hospedan las tortugas (Frick et al. 2000)
¿Qué organismos encontramos sobre estos ecosistemas en
movimiento? Varios autores (Gramentz 1988, Frazier et al. 1985, Frick et al.
1998, Báez et al. 2002, Alonso 2007, Marcos et al. 2009 y Loza 2011) han estudiado la gran diversidad de organismos
que habitan en muchas de las especies de tortugas marinas, con especial énfasis
en C. caretta. En relación a los
parásitos, se han identificado desde microorganismos como hongos y bacterias,
hasta helmintos con efectos patógenos variables sobre las tortugas y sus huevos.
Asimismo, en el caparazón dorsal, es muy frecuente la presencia de una gran
variedad de organismos que constituyen la flora y fauna epibionte. La flora está
documentada por escasos trabajos (Báez et al. 2002) en los que se describen la
presencia de algas clorófitas, feófitas y rodófitas, siendo estas últimas las
más frecuentes ya que representan el 62% de las macroalgas marinas.
Por otro lado, la fauna de organismos epibiontes es mayor
y está compuesta exclusivamente por invertebrados, de los que se han
contabilizado alrededor de 100 especies pertenecientes a distintas clases. Entre
los cnidarios se documentaron antozoos y el hidrozoo colonial Obelia sp.. Los anélidos, sipuncúlidos y tunicados también son grupos
de invertebrados frecuentes en la tortuga boba (Frazier et al. 1985). Sin
embargo los moluscos (bivalvos y gasterópodos) y los artrópodos se presentan
como los epibiontes más abundantes.
La gran capacidad adaptativa del filo Artrópodos, en
especial de los crustáceos, les ha llevado a ser grandes colonizadores de
nuevos hábitats. Esto podría explicar la gran colonización del caparazón dorsal
de la tortuga boba por estos organismos. Los crustáceos se encuentran
representados por anfípodos, decápodos y cirripedios. Se ha determinado que los
anfípodos poseen una gran capacidad para explotar diversos recursos
alimenticios. Esta característica hace de este grupo uno de los más numerosos
sobre el caparazón de las tortugas marinas en general, y Hyale grimaldii y
Carrella andreae han sido
hallados únicamente sobre C. caretta (Frick et al. 2002). Finalmente,
los cirripedios pendúculados y sésiles se presentan tanto en el caparazón como
en otras partes del cuerpo del quelonio, y en algunos casos, en los que se
incrustan profundamente sobre el anfitrión, suelen inducir lesiones.
Una particularidad de
interés en estas tortugas es la presencia de un cangrejo especialista, Planes minutus que habita en el
hueco ventral del caparazón asociado a la cloaca de varios juveniles (Davenport
1994). La relación ecológica de esta especie con las tortugas es discutida por
varios autores, y se piensa que podría limpiar a la tortuga con su dieta
coprófaga. Sin embargo Davenport (1994) y Liria (2011) indican una relación
simbionte en la cual el cangrejo se alimentaría de y dentro de la comunidad
epibiónte de la tortuga. De esta manera, su localización en la región cloacal
es una estrategia para evitar las fuertes turbulencias que se crean alrededor
del caparazón cuando tortuga cuando esta está en movimiento.
Respecto a los grupos de vertebrados, Báez (2002) señala
que no existen vertebrados epibiontes sobre el caparazón de las tortugas
marinas, aunque es posible encontrar, al abrigo que ofrece el caparazón de la
tortuga boba, rémoras y grupos de peces piloto.
Para concluir, Caretta
caretta (la tortuga boba) es una especie de amplia distribución en todos
los mares y continentes. Sin embargo, en la actualidad son escasas las
poblaciones de tortugas marinas libres de los efectos de la actividad antrópica,
y este quelonio no es la excepción. Factores como la sobrepesca, la captura
para consumo de carne, huevos o la comercialización de su caparazón; la captura
incidental, la destrucción de hábitats de alimentación, anidación y reposo; y
la contaminación de los mares ha determinado que esta especie se encuentre en
peligro de extinción según las listas de la UICN (1981).
Desde el punto de vista ecológico, la tortuga
boba es un ejemplar de importancia ecológica ya que es el quelonio marino con
mayor riqueza de especies epibiontes y parásitas registradas (Frick et al.
2000). Entre los ensambles de organismos que se han descripto, se encuentran
algas, e invertebrados tales como anélidos, antozoos, hidrozoos, cirripedios,
anfípodos, bivalos, gasterópodos; e incluso se ha descripto la presencia del
decápodo Planes minutus) en un hueco
ventral del caparazón. Si bien no existen asociaciones con vertebrados, se han
observado peces que utilizan el caparazón de estas tortugas como abrigo.
La principal relación que se establece entre estos ensambles de epibiontes y las tortugas marinas como C. caretta es la utilización de la
superficie corporal como substrato de asentamiento, y a su vez como medio de
dispersión y obtención de alimento (Miranda y Moreno 2002). Con el fin de mejorar el conocimiento de la biodiversidad biológica epibionte y asociada a las tortugas marinas, en los últimos años se ha ampliado
el estudio de las comunidades que
forman estos organismos (Báez 2005).
Como opinión personal, dada la importancia ecológica
de Caretta caretta en albergar
refugio y proveer alimento a otros organismos, sumado al estado actual en el
que se encuentran (en peligro de
extinción), es vital ejercer acciones de manejo y conservación sobre las
poblaciones de esta tortuga. El estudio de la biología,
ecología y amenazas; la determinación de las principales causas de mortalidad;
la rehabilitación y reinserción de los individuos heridos y/o enfermos, y la
identificación de zonas de importancia para la conservación, son algunas de las
estrategias que pueden emplearse para la conservación de la tortuga boba y
otras especies amenazadas.
Sin embargo, la falta de procesos sostenidos de
educación ambiental y participación
comunitaria afectan los esfuerzos de conservación y manejo de las tortugas marinas en general. Por lo tanto, se
deben generar estrategias integrales de educación ambiental dirigidas a la sociedad en general, incluyendo a los sectores productivos y las autoridades para
que se tome conciencia de la importancia de la conservación de estos
organismos.
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FOTOS:
Amador,
F.J.B. (2007). Epizoítos y parásitos de la tortuga boba (Caretta
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