miércoles, 6 de marzo de 2013

“Un verdadero ecosistema: parásitos y epibiontes de la tortuga boba (Caretta caretta, Linneaus 1758)"




Las tortugas son uno de los grupos más primitivos de vertebrados en existencia. Se estima que en la actualidad existen 245 especies de tortugas, distribuidas en 87 géneros y 12 familias. Su distribución es amplia, se las puede encontrar en ambientes de agua dulce (lagos, ríos y pantanos), terrestres y marinos, y habitan en gran parte de todos los continentes.


Las tortugas marinas, por su parte, evolucionaron secundariamente a partir de tortugas de agua dulce, aunque su morfología se encuentra altamente modificada y especializada como adaptación a la vida en el mar (CIT 2004). Este grupo de reptiles se encuentran en todas las cuencas oceánicas, desde aguas tropicales a heladas, y con representación de algunas de las especies desde el Ártico hasta Tasmania (Meyland & Meyland 2000).

Sólo 7 especies pertenecientes al suborden Cyrptodira representan actualmente a este grupo, las cuales tienen formas, colores y comportamientos diferentes. Estas especies se agrupan en dos familias: Cheloniidae y Dermochelyidae. Dentro de la familia Cheloniidae, se encuentran Eretmochelys imbricata (tortuga carey), Chelonia mydas (tortuga verde), Lepidochelys kempii (tortuga lora), Lepidochelys olivacea (tortuga olivácea) y Caretta caretta (tortuga cabezona o boba). Por otro lado, la familia Dermochelyidae está compuesta solo por Dermochelys coriacea, la tortuga laúd. Esta última posee características que difieren de los miembros pertenecientes a Cheloniidae, como Las 7 quillas longitudinales sobresalientes en el dorso y la ausencia de escudos óseos

Caretta caretta, vulgarmente conocida como la “tortuga boba” o “cabezona”, es un miembro perteneciente al suborden Cryptodira. Alcanza longitudes de entre 90 a 110 cm y  llega a pesar hasta 180 Kg. Se distingue por su cabeza y mandíbulas de gran tamaño. Su alimentación se basa en invertebrados marinos (cangrejos y mejillones, entre otros). Generalmente habita áreas costeras de mares de aguas cálidas y templadas. Esta es la única especie que anida exitosamente fuera de los trópicos, lo que podría explicar su amplia distribución en casi todos los mares (CIT 2004). En Argentina, las aguas marinas representan un importante área de alimentación para estas tortugas y otras dos especies de amplia distribución: la tortuga laúd (Dermochelys coriacea), y la tortuga verde (Chelonia mydas).


A su vez, estos grandes vertebrados marinos de conductas pelágicas suelen servir de hábitat para el crecimiento de parásitos, epibiontes y otros organismos (Báez et al. 2002). En la Epibiosis marina, se denomina epibionte a cualquiera de los organismos que crece y vive adherido a otro ser vivo, y basibionte al ser vivo que hace de sustrato en esta asociación. Este es el caso de la tortuga boba (basibionte), que junto a Chelonia mydas y Lepidochelys olivacea, es la más propensa a ser colonizada por organismos vegetales y animales (Miranda & Moreno 2002, y Alonso 2007).

Los juveniles grandes y los adultos de C. caretta suelen tener el caparazón dorsal cubierto con diferentes tipos de organismos vivos como algas, gusanos tubícolas, balanos u otros crustáceos sésiles que convierten a estas tortugas en pequeños arrecifes móviles que actúan como agentes dispersantes de multitud de especies marinas (Marco et al. 2009). Las características morfológicas de estas tortugas marinas las convierten en auténticas bases flotantes para determinadas especies marinas que buscan zonas de asentamiento para desarrollar parte o todo su ciclo de vida, generando un auténtico ecosistema marino. En este sentido, la estructura externa de estas tortugas, caracterizada por la coraza ósea que constituye el caparazón, así como su forma de vida casi completamente acuática, permiten que determinadas especies de la fauna y flora marina puedan asentarse sobre ellas colonizando sus caparazones y su piel, adaptándose a vivir sobre otro ser vivo (Loza 2011).

Las tortugas marinas constituyen un sustrato de fijación para una gran variedad de organismos epibiontes donde la naturaleza de la asociación implica parásitos, comensales obligados, oportunistas o bien organismos mutualistas. En general los factores como la depredación, el estrés físico, los disturbios, la dinámica de reclutamiento y la competencia pueden alterar la disposición y composición de especies que hospedan las tortugas (Frick et al. 2000)

¿Qué organismos encontramos sobre estos ecosistemas en movimiento? Varios autores (Gramentz 1988, Frazier et al. 1985, Frick et al. 1998, Báez et al. 2002, Alonso 2007, Marcos et al. 2009 y Loza 2011)  han estudiado la gran diversidad de organismos que habitan en muchas de las especies de tortugas marinas, con especial énfasis en C. caretta. En relación a los parásitos, se han identificado desde microorganismos como hongos y bacterias, hasta helmintos con efectos patógenos variables sobre las tortugas y sus huevos. Asimismo, en el caparazón dorsal, es muy frecuente la presencia de una gran variedad de organismos que constituyen la flora y fauna epibionte. La flora está documentada por escasos trabajos (Báez et al. 2002) en los que se describen la presencia de algas clorófitas, feófitas y rodófitas, siendo estas últimas las más frecuentes ya que representan el 62% de las macroalgas marinas. 



Por otro lado, la fauna de organismos epibiontes es mayor y está compuesta exclusivamente por invertebrados, de los que se han contabilizado alrededor de 100 especies pertenecientes a distintas clases. Entre los cnidarios se documentaron antozoos y el hidrozoo colonial Obelia sp.. Los anélidos,  sipuncúlidos y tunicados también son grupos de invertebrados frecuentes en la tortuga boba (Frazier et al. 1985). Sin embargo los moluscos (bivalvos y gasterópodos) y los artrópodos se presentan como los epibiontes más abundantes.

La gran capacidad adaptativa del filo Artrópodos, en especial de los crustáceos, les ha llevado a ser grandes colonizadores de nuevos hábitats. Esto podría explicar la gran colonización del caparazón dorsal de la tortuga boba por estos organismos. Los crustáceos se encuentran representados por anfípodos, decápodos y cirripedios. Se ha determinado que los anfípodos poseen una gran capacidad para explotar diversos recursos alimenticios. Esta característica hace de este grupo uno de los más numerosos sobre el caparazón de las tortugas marinas en general, y Hyale grimaldii y Carrella andreae han sido hallados únicamente sobre C. caretta (Frick et al. 2002). Finalmente, los cirripedios pendúculados y sésiles se presentan tanto en el caparazón como en otras partes del cuerpo del quelonio, y en algunos casos, en los que se incrustan profundamente sobre el anfitrión, suelen inducir lesiones.



Una particularidad de interés en estas tortugas es la presencia de un cangrejo especialista, Planes minutus que habita en el hueco ventral del caparazón asociado a la cloaca de varios juveniles (Davenport 1994). La relación ecológica de esta especie con las tortugas es discutida por varios autores, y se piensa que podría limpiar a la tortuga con su dieta coprófaga. Sin embargo Davenport (1994) y Liria (2011) indican una relación simbionte en la cual el cangrejo se alimentaría de y dentro de la comunidad epibiónte de la tortuga. De esta manera, su localización en la región cloacal es una estrategia para evitar las fuertes turbulencias que se crean alrededor del caparazón cuando tortuga cuando esta está en movimiento.

Respecto a los grupos de vertebrados, Báez (2002) señala que no existen vertebrados epibiontes sobre el caparazón de las tortugas marinas, aunque es posible encontrar, al abrigo que ofrece el caparazón de la tortuga boba, rémoras y grupos de peces piloto.

Para concluir, Caretta caretta (la tortuga boba) es una especie de amplia distribución en todos los mares y continentes. Sin embargo, en la actualidad son escasas las poblaciones de tortugas marinas libres de los efectos de la actividad antrópica, y este quelonio no es la excepción. Factores como la sobrepesca, la captura para consumo de carne, huevos o la comercialización de su caparazón; la captura incidental, la destrucción de hábitats de alimentación, anidación y reposo; y la contaminación de los mares ha determinado que esta especie se encuentre en peligro de extinción según las listas de la UICN (1981).

Desde el punto de vista ecológico, la tortuga boba es un ejemplar de importancia ecológica ya que es el quelonio marino con mayor riqueza de especies epibiontes y parásitas registradas (Frick et al. 2000). Entre los ensambles de organismos que se han descripto, se encuentran algas, e invertebrados tales como anélidos, antozoos, hidrozoos, cirripedios, anfípodos, bivalos, gasterópodos; e incluso se ha descripto la presencia del decápodo Planes minutus) en un hueco ventral del caparazón. Si bien no existen asociaciones con vertebrados, se han observado peces que utilizan el caparazón de estas tortugas como abrigo.

La principal relación que se establece entre estos ensambles de epibiontes y las tortugas marinas como C. caretta es la utilización de la superficie corporal como substrato de asentamiento, y a su vez como medio de dispersión y obtención de alimento (Miranda y Moreno 2002). Con el fin de mejorar el conocimiento de la biodiversidad biológica epibionte y asociada a las tortugas marinas, en los últimos años se ha ampliado el estudio de las comunidades que forman estos organismos (Báez 2005).

Como opinión personal, dada la importancia ecológica de Caretta caretta en albergar refugio y proveer alimento a otros organismos, sumado al estado actual en el que se encuentran (en peligro de extinción), es vital ejercer acciones de manejo y conservación sobre las poblaciones de esta tortuga. El estudio de la biología, ecología y amenazas; la determinación de las principales causas de mortalidad; la  rehabilitación y reinserción de  los individuos heridos y/o enfermos, y la identificación de zonas de importancia para la conservación, son algunas de las estrategias que pueden emplearse para la conservación de la tortuga boba y otras especies amenazadas.  

Sin embargo, la falta de procesos sostenidos de educación  ambiental y participación comunitaria afectan los esfuerzos de conservación y manejo de las  tortugas marinas en general. Por lo tanto, se deben generar estrategias integrales de educación  ambiental dirigidas a  la sociedad en general, incluyendo a los  sectores productivos y las autoridades para que se tome conciencia de la importancia de la conservación de estos organismos.



Bibliografía
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Ø  Davenport, J. (1994). A cleaning association between the oceanic crab Planes minutus (L.) and the loggerhead sea turtle Caretta caretta (L.). J. Mar. Biol., 74: 735-737.
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Ø  Meyland, A.B. & Meyland, P.A. (2000). Introducción a la Evolución, Historias de Vida y Biología de las Tortugas Marinas. En Técnicas de Investigación y Manejo para la Conservación de las Tortugas Marinas. K. L. Eckert, K. A. Bjorndal, F. A. Abreu-Grobois, M. Donnelly (Editores) UICN/CSE Grupo Especialista en Tortugas Marinas Publicación No. 4, 2000 (Traducción al español)
Ø  Miranda, L. & Moreno, R. (2002). Epibiontes de Lepidochelys olivacea (Eschscholtz, 1829) (Reptilia: Testudinata: Cheloniidae) en la región centro sur de Chile. Revista de Biología Marina y Oceanografía 37(2): 145-146
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FOTOS:
-       http://images.google.com.ar/ [Google imágenes]
Amador, F.J.B. (2007). Epizoítos y parásitos de la tortuga boba (Caretta caretta) en el Mediterráneo Occidental. Tesis para optar al doctorado en 

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